jueves, 13 de octubre de 2011

CAPÍTULO I (1 de 3)

RELACIONES SOCIALES Y TECNOLOGÍA

Amistades virtuales. Ciberrelaciones. La distancia.

Comienzo tocando este palo porque es lo que más reciente tengo y más en boga está. Considero que para vencer una tentación o problema hay que conocerlo realmente bien y qué mejor que desde dentro. Nunca he sido amante de las últimas tecnologías para informarme, ponerme al día o conocer el estado último de las cosas y personas. No obstante, reconozco que tengo abiertas varias cuentas en estas herramientas de conexión virtual global y que leo periódicos y artículos que me interesan en Internet (y esto lo hago por no malgastar ni papel ni dinero).

Amistades virtuales. Me gusta compartir. Me gusta relacionarme en persona. Me gusta hacer vida en la calle. Y me gusta la soledad en casa, si es lo que necesito. Aún así, plasmo mis vivencias, estados de ánimo y mantengo conversaciones realmente íntimas a través de la red.
Pero esto es lo que me ha llevado a la conclusión de que, como yo, hay miles de personas que buscan refugio y a alguien que les conteste, aunque sea desde la distancia y varios días después, a sus llamadas de atención. Y esta espera desespera. Devora tu tiempo o hace que lo malgastes. Y si resulta que tu actividad en estos foros sigue más o menos una constante también llega el momento en que te planteas que estás harto de chatear y que lo que realmente te pide el cuerpo es compartir un paseo al aire libre donde, a cada segundo, la vida que pasa a tu alrededor te ofrece temas de conversación o te inspira pensamientos desde lo más triviales, superfluos y llanos hasta los más irreverentes, profundos e irrepetibles, llegando a casa con la sensación de plenitud y con la promesa en mente de repetir o de no hacerlo nunca más. El contacto directo estimula, desarrolla, es una fuente de inspiración directa y eso no tiene precio. No lo cambio por nada.

Ciberrelaciones. Cuando decidí que, sin dañar a nadie, iba a experimentar con lo que me apeteciera, como no, me tiré a la piscina de conocer a alguien por Internet. Así que acepté una solicitud de amistad y empezamos a hablar. El entendimiento fue mutuo, fluido e inesperadamente cómodo. Cuando chateábamos él era él y yo era yo. Punto. Creamos tal vínculo que un día sin mensaje o conversación significaba que había pasado algo y gordo: una bronca en el trabajo, una urgencia médica, una situación personal difícil de contar… Y efectivamente resultó que él tenía pareja. Más de diez años. Acababan de mudarse a vivir juntos pero aunque dormían en la misma cama no pasaban por un buen momento. Y yo le apoyé, le di consejos para recuperar el interés de ella. Le conté los secretos con los que soñamos todas las mujeres, hasta las más duras, como yo. Le di ideas para reconquistar a su mujer. Pero no quiso intentar nada. Se había colado por mi. Y yo por él. Le interesaba más saber qué había hecho yo durante el día que tenerle preparada la cena a ella para cuando viniera de trabajar.
Por esa razón y después de estar chateando casi un mes, decidí conocerlo en persona. De hecho fui yo la que inició todo el trámite pertinente: intercambio de teléfonos, cuadrante de horarios, distancia kilométrica media entre ambos y evento al que acudiríamos. Y no pudo ser. Me sirvió para hacerme una idea de lo que podía esperar de aquello, pero el muy canalla se informó y apareció por sorpresa una noche en un bar donde tocaba un grupo de amigos. Era la primera vez que nos veíamos físicamente y  me volvió a convencer su conversación. Lo que sucedió después es otra historia pero aún hoy damos las gracias a que decidimos, con todo el temor y la esperanza del mundo, conocernos en persona.

   La distancia. A mi me gusta lo auténtico, lo real, lo tangible. Pudiendo tenerlo paso de sucedáneos. Un libro con hojas de papel, un disco con carátula original, una película con extras y varios idiomas. Una persona de carne y hueso.
La ausencia de estas realidades me crea una ansiedad y una distancia innecesaria e incómoda. Dicho esto quizás se espera que demonice estas vías de comunicación a través de la red, pero no. Son muy válidas para contactar con otras personas, descubrir en lo que son afines a ti y respirar tranquila pensando que no estás loca, que por lo menos hay tres más como tú. Pero el problema está en el tiempo y el valor, aquí también. Si estiras demasiado una relación a distancia ésta se termina rompiendo, es decir, llegará un momento en el que os preguntéis cual es el sentido de seguir manteniendo algo que no usáis. Cuando has comprobado que funcionan las dos personalidades juntas, que tenéis qué aportaros y qué poner en común, es el momento de pasar a la siguiente fase. Es el momento de conocerse y poner en práctica lo dicho. Eso es lo que falta en las relaciones de hoy en día, cargarse de valor para actuar en el momento adecuado, y ¿cuándo lo es?, cuando el cuerpo y la mente se encuentran para darle sentido a un acto.


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