RELACIONES SOCIALES Y TECNOLOGÍA
El fraude de las nuevas tecnologías.
Facebook. La bomba. Lo más “in”. Un magnífico instrumento para cotillear. Por supuesto que lo tengo. Pero siempre he pensado que está gafado. Demasiada gente, la conozcas o no, que lo mismo se alegra porque dices que tienes un gran día que te envidia porque ella no lo tiene. Todas esas personas desprenden energías que, mal proyectadas y con una imagen tuya delante, te llegan creándote un estado de ansiedad incomprensible y hacen que tus planes fracasen de un día para otro sin explicación alguna.
Sí, al principio sube la adrenalina al pensar que hay personas a las que, asumido que sólo con suerte y los astros de tu lado podrías volver a encontrar, les comienzas a seguir la pista. Y les escribes unas palabras, les dedicas una canción, las felicitas en su cumpleaños y les vuelves a perder la pista de manera consciente y sabiendo que, incómodamente, todavía están ahí y ellos saben que tú también. Pero no hay mucho más que decir. Porque no ves sus gestos, su nuevo peinado, su barriga de preñado incipiente o su cabello y perilla poblados de canas y que seguro que cada una tiene una historia muy interesante que contar. Pero cómo no los ves, ni estás a su lado compartiendo un café o una cerveza, no sabes si se sienten cómodos con tus preguntas o gestos, ni siquiera sabes si molestas en ese momento. Entonces dudas y lo más directo y eficaz es dejar que ese “subidón” se apacigüe y que poco a poco las aguas vuelvan a su cauce, es decir, que le vuelvas a perder la pista. Total, si pasa algo realmente interesante el “programita” te lo notificará.
Hace unos meses la empresa privada “Mindshare”, dedicada a realizar estudios de mercado y encuestas sobre los asuntos que se contratan, publicó que las redes sociales estaban tocando techo y que lo que les quedaba era bajar. Y cito textualmente a Huw Griffiths, de la Agencia Universal Mc Cann cuando premonizó el principio del fin de estas redes: “Creo que todo comienza a perder su atractivo el día en que tu abuela te envía una invitación de amistad”.
¡Verdad!. El uso descontrolado de estas plataformas de interconexión hacen que se difuminen tanto los objetivos primordiales que al usuario ya le está pareciendo absurdo, inmoral y hasta insultante que un perfil de un restaurante, por ejemplo, que ha aceptado como amigo solo para ver sus menús, pueda también leer lo que le comenta a la persona que le hace tilín o incluso el resultado de su última borrachera. Y qué decir tiene de lo que opinarán el resto de familiares segundos y dispersos que también merodean por ahí. Se peca de utilizar estos foros comunes cómo los antiguos diarios de papel, esos que te vendían con candado y escondías minuciosamente en un rincón de la habitación para que no los pudiera encontrar nadie, a veces ni tú.
Luego están los perfiles de los “famosos” (cantantes, actores, escritores, deportistas…) y demás profesionales que también se manifiestan coloquialmente a través de estas redes, echando por la borda cualquier toque de glamour que pudieran tener, cometiendo faltas de ortografía, colgando fotos caseras y videos infames, desmitificándose ellos solitos.
De hecho ya existen usuarios que, tras un ataque de claridad mental, deciden poner en orden su perfil y eliminan a diestro y siniestro decenas de “ciberamistades” hechas en la primera época de desconcertada alegría.
Y cómo no, esta “limpieza” comenzó en América y llegó hasta tal punto que le diccionario New Oxford American eligió en 2009 como palabra del año “to unfriend”, es decir, “desamigarse”.
La otra cara de la moneda es la letra pequeña que no se lee y que en un momento dado se puede volver en tu contra. Me refiero a los “Bancos de datos personales”, donde quedan registrados nombres, teléfonos, ciudades, lugares de trabajo, correos, etc, no sabes muy bien para qué pero lo notas en spam, propagandas, virus que te asaltan en el momento justo, justo, en que menos lo necesitas. Tema peliagudo es también la pérdida de identidad propia y la suplantación de personalidades pero, conociendo un caso cercano, no me atrevo ni a hablar de ello. En otra ocasión, tal vez. Inquietante fue ver este verano, en una cadena de televisión, al gobierno anunciar y advertir a los jóvenes de que usaran las redes sociales “¡pero con cabeza!”, terminando con un: “nunca sabes quién puede acceder a tus datos”…tela marinera.
Mi humilde recomendación: ojo con el uso que se le da a Facebook, Twitter, Tuenti, Badoo…porque están debilitando la calidad de las relaciones y, cómo las drogas, el sexo y el rock and roll, usar si, pero sin abusar y de manera responsable.
¡Tecnología puntera, oiga!. Ignorante pregunto:¿Es que antes, sin toda la alta tecnología de ahora, las máquinas se diseñaban y construían mejor? Un coche y una lavadora te podían durar veinte años, lo he visto con mis propios ojos y una bombilla, media vida. No sé si se podría comparar en la actualidad, pero lo que está claro es que con la venta de estos artículos también se vendía el honor de la marca del fabricante y se competía por ser el mejor en el mercado, ofreciendo calidad, servicio y utilidad para ganarse la fidelidad del comprador. Ingenua de mi…los pelos de punta se me pusieron cuando vi un documental sobre las modernas piezas programadas para tener una vida corta y que, general y sospechosamente, mueren un día o dos después de que se cumpla la garantía. Fue una reflexión demoledora sobre el consumo descontrolado y sobre cómo la caducidad de los productos, ya sea programada ya sea por nuestro capricho, nos llevaba a comprar compulsivamente en una espiral sin fin. Y efectivamente exponía el caso de las bombillas como el más claro y sencillo ejemplo. En 1911 se anunciaban bombillas con una duración certificada de 2500 horas pero en 1924 los principales fabricantes pactaron limitar su vida útil a 1000. Al trato lo llamaron “Phoebus” y oficialmente “nunca existió”. Fue el origen de la “obsolescencia programada”. Para atestiguar esto encontramos en Livermore, California, la bombilla más antigua del mundo que está encendida sin interrupción desde 1901 y su vida se controla hoy en día por Internet las 24 horas. De momento ha superado ya la vida de dos webcams y va a por la tercera.
El caso es que nos encontramos ante una maniobra de fraude legal y con definición oficial incluso: “Se denomina obsolescencia planificada u obsolescencia programada a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio”.
El caso es que nos encontramos ante una maniobra de fraude legal y con definición oficial incluso: “Se denomina obsolescencia planificada u obsolescencia programada a la determinación, planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio de modo que este se torne obsoleto, no funcional, inútil o inservible tras un período de tiempo calculado de antemano, por el fabricante o empresa de servicios, durante la fase de diseño de dicho producto o servicio”.
Baterías que se mueren a los dieciocho meses de ser estrenadas, impresoras que se bloquean al llegar a un número determinado de impresiones, bombillas que se funden a las mil horas, piezas del motor de un coche que se averían pasados unos meses de cumplir la garantía…¿a quién no le ha ocurrido algo de esto por ahora?
Esto obliga al consumidor a que adquiera otro producto nuevamente, el mismo o un modelo más moderno y “avanzado”. Y esto es aplicable a infinidad de productos consumibles, sobre todo en el sector informático, ¿y qué cacharro actual no lleva ya un software incorporado?.
Yo sólo espero que llegue la reacción adversa por parte de los consumidores al descubrir que el fabricante modificó el diseño perfecto de un producto para aplicarle una fecha de caducidad concreta (producto que, en condiciones lúcido-normales, se consideraría defectuoso), sólo para su lucro económico inmediato. Y espero también que la elección de compra se base en la durabilidad, utilidad y calidad del producto y responda a una verdadera necesidad. Otra razón de peso es la cantidad de residuos que genera esta desaforada renovación con la contaminación que esto supone. Seguir adelante con este consumo ilimitado en un planeta dónde los recursos si son limitados es una operación imposible de realizar. Sencillamente no salen las cuentas.
¿Y dónde acaban estos residuos?, bien, en cada factura que pagas al adquirir uno de estos productos viene incluida una tasa de reciclaje, es decir, pagas por que lo que compras tenga un “final digno”: se desguace, se reciclen las piezas que sirvan y se desechen las que no para ser tratadas como establezca el reglamento, por personal, maquinaria e infraestructura especializados. La realidad es que, estos producto-residuos compuestos de plomo, litio, etc, altamente contaminantes, acaban vendiéndose en los países pobres, Asia y África, cómo productos de segunda mano.
Este nuevo fraude es la solución para que las empresas no vayan a pique en las ventas a costa de nuestros miserables sueldos y nuestras obligadas necesidades básicas de nueva creación. Y son tan viles que revenden su propia basura en países pobres cuya dependencia de un microondas o un móvil es tan urgente cómo hacer puenting para descargar adrenalina. Y es legal. La excusa: adaptarse y renovarse o morir apartado de la sociedad moderna y consumista como si de un bicho raro en vía de extinción, al que miran lastimeros pero con la seguridad de que vas a palmar indiscutiblemente, se tratase.
Por otro lado me ilusiona, pero con reservas, el tema de la aplicación ecológica al consumo de todo lo que reclama el día a día durante toda una vida. Y mis reparos sólo están en esos adelantados que huelen el negocio y, sin escrúpulos ninguno, estarían dispuestos a timar a medio planeta.
Existen casos de países donde dada la depresión económica combinada con sus recursos naturales endémicos se ha decidido investigar sobre el aprovechamiento de ambos para crear una vivienda ecológica. Leí que unos investigadores del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua en 2007 crearon una vivienda prototipo autosuficiente en el abastecimiento y saneamiento de agua, instalaciones sanitarias y energía eléctrica. Ante la limitación de recursos económicos de las zonas rurales y marginadas del país y con el fin de atender, sobre todo, las necesidades básicas de higiene, calidad de vida y seguridad ante las catástrofes naturales de la población mexicana, se desarrolló este modelo de “casa ecológica”. Pues bien, aunque para un esteta el aspecto resultante fuera infame (realmente parecía un iglú hecho con una manga pastelera), su diseño es adaptable si pensamos en la ciudad. Aquí lo más importante es que se integró en el paisaje rural autóctono. La describo: esta vivienda se fabricó con bloques de adobe colocados a doble espesor que rodeaban toda la casa, además reforzados con varas de carrizo colocadas vertical y horizontalmente a lo largo y ancho de la casa, convirtiéndola en una construcción resistente a los terremotos y movimientos de tierra. El techo estaba cerrado con láminas de madera que facilitaban el movimiento de la vivienda en estos casos evitando así el derrumbe. Tan sencillo y económico como eso.
En cuanto al consumo de energía eléctrica se aplicaron los conocidos paneles fotovoltáicos que convierten la luz solar en energía. Esto es posible debido a que están compuestos por un material semiconductor que se caracteriza por tener muy baja concentración de cargas libres, comparado con los metales, y lo único que necesita para que un electrón (que era la partícula que daba vueltas alrededor del átomo generando corriente eléctrica) unido a su átomo (aquel núcleo indivisible formado por protones y neutrones) se libere y conduzca la corriente es un mínimo de luz solar de cuatro horas al día. También disponían de un terrenito dónde cultivar y un ranchito con animales que les daban alimento y les ayudaban en las tareas del campo.
Y entonces vinieron los americanos (del norte) y comenzaron a vender la etiqueta de construcción ecológica para las modernas edificaciones. Estos muchachos son especialistas en gestionar y organizar cualquier actividad en torno a una poderosa empresa o asociación que apadrine la idea, la encumbre a los primeros puestos de venta y aunque no sean los primeros, llevarse toda la gloria. Así establecieron un código de gestión de estos recursos que culminaba con la certificación de “edificio verde”. Ellos, los que viven en uno de los continentes más contaminado y contaminante del planeta. Y los profesionales europeos fueron a América a cursar esta especialidad para aplicarla en sus países, claro sin antes concienciar a la población y sin antes cerciorarse de que los gobiernos y/o empresarios financieros entendiesen el sentido de compromiso real con el medioambiente. Y así han salido las cosas: se considera un privilegiado quien puede costear la inversión en placas solares que, aunque te autoabastezcan, no implica que no tengas que seguir pagando el impuesto mínimo de agua y luz a tu ayuntamiento y se considera un feligrés digno de canon a todo aquel que separe la basura para reciclar, aún sabiendo que no hay infraestructuras capaces de reciclar todos los desechos de la población municipal y que lo que hacen es un trabajo para el que ya pagan a unos cuantos trabajadores.
Lo que está claro es que estamos en la era del “usar y tirar”, y somos tan poco precavidos, inútiles y egoístas que lo aplicamos a todos los ámbitos de la vida, sin excepción, sin tamizar, sin pensar a largo plazo. Y llegará el día en que la teta no de más leche y, por supuesto, los que vengan detrás tendrán que arreglárselas para descubrir lo que es la verdadera felicidad, esa que te sube por la espalda provocándote una sonrisa, cuando acostado sobre la tierra respiras llenando los pulmones y contemplas el firmamento plagado de estrellas, pensando que, a pesar de todo tú no lo estás haciendo tan mal.
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